Martes - 19.Septiembre.2017

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Maratón Monegros 2014 y la Ley de Murphy

Maratón ciclista de los Monegros, 115 kilómetros desconocidos que decidí prepararme con anticipación cuando, hace algo más de dos meses, el patrocinador Skoda tuvo a bien invitarme como periodista. Me preparé bien, a conciencia, pero la suerte también influye en estos temas tal y como pude comprobar… pero eso es algo que os cuento más adelante.
 
Aspecto de la salida de Monegros en 2013

Dos días antes de la celebración del evento tuve que realizar un viaje Madrid-Barcelona-Lleida y vuelta en el día que me llevó a un amago de gripe de esos en los que no tienes nada pero te sientes como un trapo. Tos, cansancio, dolor muscular… el viernes por la mañana me vi obligado a cancelar una jornada de trabajo para quedarme tirado en el sofá de casa echándome una reparadora siesta mañanera de más de dos horas. Descansado, me obligué a coger mi recién adquirida bicicleta para estirar un poco las piernas, haciendo una hora de entrenamiento muy suave que me sentó de maravilla. Afortunadamente, mis males parecían haberse disipado.

Mi buen amigo y compañero de fatigas Goyo Arroyo y yo mismo realizamos el viaje hacia el pueblo de Monzón el viernes por la tarde. Más tranquilo y en buena compañía pude disfrutar de una agradable cena -Gin Tonic incluido- y de un reparador descanso previo a la celebración de la carrera. Con tiempo más que de sobra Goyo y yo llegamos a Sabiñánigo con buen ánimo y la esperanza de que la temida lluvia no hiciera acto de presencia. Poco a poco nuestros colegas de profesión y anfitriones de Skoda iban llegando mientras todos nos veíamos metidos en el ambiente festivo del maratón. Repasar todo lo que llevábamos, cambiarnos una y otra vez intentando decidirnos entre manga larga o corta, chubasquero, tácticas para la carrera… decisiones todas ellas destinadas a mitigar esos nervios que todos negamos y todos tenemos.
 
 


Tensión, ánimos, desconocimiento, un gusanillo en el estómago que te hace ir al baño sin necesidad… hasta que llegan las 13:30 horas y comienza la carrera. Aprovecho nuestra privilegiada posición en el cajón de los primeros para comenzar a buen ritmo. El inicio se realiza en unas pequeñas rampas de poca inclinación en las que siento las piernas entumecidas probablemente debido a los nervios pero que solvento sin problemas y avanzando a buen ritmo para intentar evitar aglomeraciones posteriores. Mis compañeros Pipo López y Tito Fernández han quedado atrás, busco a la gente de Skoda pero no los encuentro. Adelanto a Francisco José Fernández y me lanzo como loco a la búsqueda de otros compañeros de fatigas, ya no hay vuelta atrás.

El pulsómetros se sitúa por encima de las 170 pulsaciones y no abandona dicha zona en ningún momento, soy de los que van "altos de vueltas" de manera habitual, no estoy preocupado, aunque mis sensaciones no son muy buenas, pero veo que la velocidad media está por encima de 25 km/h y entiendo que es lógico sufrir en estas circunstancias. Buscando mi ritmo entre los demás participantes me observo sobrepasado por buena parte de los mismos, no soy un profesional pero soy consciente de tener buen ritmo en condiciones normales; hoy no parece que dichas condiciones se cumplan. A pesar de ello alcanzo a Pere Prat, otro compañero de fatigas con el que pedaleo un rato y que pierdo después de un pequeño repecho, le he dejado atrás y no sé dónde se encuentra.

Llego al primer avituallamiento y avanzo sin pararme, llevo comida y bebida de sobra, no hay problema, me tomo un plátano y una barrita, tomo un buen sorbo de bebida energética, intento buscar mi ritmo… pero algo no funciona. No existen subidas importantes, no hay lugares de dificultad técnica, no llevo ni dos horas dando pedales, y sin embargo me siento vacío, mis piernas me dicen que no son capaces de pedalear con fuerza, puedo mantener un ritmo pero no puedo imprimir potencia, cualquier pequeño repecho se convierte en una dura ascensión. Las subidas, mi punto fuerte habitual, dificultan mi avance con mucha mayor dureza de lo que podría esperar después de mis entrenamientos. Definitivamente, algo no va bien.

La búsqueda del segundo avituallamiento se convierte en una obsesión. Quiero llegar, quiero devorar comida, beber sin pensar en que debo moderarme pero, sobre todo, quiero bajarme de la bici, dejar de sufrir, porque cada pedalada parece un esfuerzo que no puedo permitirme. Hace ya un rato que me ha pasado Nico, un amigo de la peña que va muy bien y que, por supuesto, llevaba un ritmo claramente superior al mío. Apenas llevo 40 kilómetros y estoy sufriendo encima de la bici como si hubiera realizado ya el doble de distancia. El parón de rendimiento ha sido brutal, no encuentro nadie que vaya a mi ritmo, todos me pasan endiabladamente rápido… aunque la realidad es que soy yo; un estorbo en medio del camino, un ralentizador de ritmo para todo aquel que se ponga detrás de mi, intento engancharme a un grupo, a otro, a otro, pero todos son más rápidos, mucho más rápidos que yo, no paso a nadie, al contrario, todos y cada uno de los participantes me van pasando sin remedio.

En lo alto del camino encuentro el siguiente avituallamiento, esta vez sí que paro. Bebo varios vasos de bebida energética, relleno los dos botes, como algo y salgo con la esperanza de que quizás todo haya sido una falsa alarma… una esperanza que pierdo muy poco después de haber reanudado el camino. Solo, sin grupo, sin ritmo y sin compañía, comparto camino con el viento, la soledad y el sufrimiento para buscar la consecución de un objetivo que parece imposible. Repasando las clasificaciones veo que mi tiempo intermedio es de dos horas y cuarenta minutos, en ese momento estaba lejos, muy lejos, de tener buenas sensaciones. 

La agonía dura hasta el último avituallamiento. Arrastrándome en la derecha del camino contemplo el paso de cientos de ciclistas, algunos mucho más rápidos que yo, otros sólo un poco más y pocos, muy pocos, con menor ritmo o con problemas derivados del cansancio. Mi compañero Pipo López me alcanza, me pregunta qué tal y no puedo mentirle, me ofrece su ayuda y me dice que se queda conmigo; "no, no, tira, no te preocupes, me encuentro bien" le digo para evitar estropearle el ritmo. Bastante tengo yo con mi sufrimiento para obligarle a parar cuando lleva buena marcha. Un poco más tarde es Pere Prat el que me rebasa, él ha encontrado su ritmo que es ahora claramente superior al mío. En el kilómetro 70 comienzan a aparecer además problemas de calambres. El abductor derecho, el habitual en estos casos, decide regalarme un par de kilómetros de sufrimiento añadido. Tirar la toalla es lo que se me pasa por la cabeza una y otra vez.

Con el avituallamiento final se acaban los repechos. Los últimos kilómetros son casi por completo una bajada, un terreno fácil en el que se puede rodar rápido aun cuando no tengas fuerzas, el único terreno en el que puedo hacer algo, porque fuerza es lo que no tengo. Pedaleo con rabia en las bajadas, aprovecho mi cabezonería para adelantar a todos a los que me encuentro, durante diez kilómetros soy capaz de rebasar a todos los ciclistas que veo mientras que sólo un par de ellos pueden superarme, tengo una rabia contenida que logro mitigar en parte con las buenas sensaciones de esta zona. Los últimos cinco kilómetros, con un camino lleno de grava que no permite pedalear fino, me encuentro con la última complicación; la cadena ha decidido por su cuenta y riesgo que se saldrá de su sitio cada vez que intente poner el plato grande. Pierdo un tiempo precioso ubicándola de nuevo, me pasan varios grupos a los que había pasado previamente, pero es casi anecdótico, ya no queda tiempo para más, mi participación en Monegros 2014 ha acabado con un discreto tiempo total de 5 horas y 30 minutos más allá de la posición 2000 de unos 5000 inscritos.

Como le decía a un compañero de grupo, en este tipo de pruebas hay que ser coherente y saber tres cosas que son ciertas.
1. Participar ya es ganar.
2. Llegar es la recompensa.
3. Hacer buen tiempo es la motivación
Con todo esto en mente quiero olvidarme de esa gripe inoportuna que me dejó sin fuerzas cuando más las necesitaba. Quiero felicitar a todos y cada uno de los que participaron, en especial a quienes sufrieron más, porque ellos son conscientes de la dureza de la prueba, y quiero dejar constancia de mi intención de volver. No quiero mejorar mi tiempo, quiero mejorar mis sensaciones, participar en plenitud de facultades y darlo todo por superarme a mi mismo. El año que viene volveré para encontrar el ritmo que perdí este año. Os espero a todos allí.


 

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