Lunes - 20.Noviembre.2017

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Alpedrete a Segovia por Camino de Santiago I

Había llegado el día que muchos estábamos esperando. La Peña Ciclista Alpedrete, como cada año, iba a realizar la ruta desde Alpedrete hasta Segovia por el Camino de Santiago para terminar allí con una comida de confraternización. El Jefe, como siempre, madrugador, Maiza reservando su recién comprada bicicleta para una ruta más complicada, y algunos de esos que dicen que vienen a hacer deporte saltándose las normas básicas del antidoping con "combustibles alternativos" que ayuden a pedalear con mayor entusiasmo.

A las nueve, con un sol inesperado en un día en principio previsto como frío y nuboso, las chaquetas verdes y negras copan la zona de taxis de Alpedrete. Rober, el "eterno escapado" del grupo, aprovecha el día para estrenar bicicleta. Marta, la ciclista submarinista, se ha prestado voluntaria junto con Hermo para llevar ropa de cambio, un 10 para ambos. Apenas diez minutos más tarde comienza de verdad la ruta. Es pronto, las calles aún están vacías de coches, las conversaciones son animadas y el ánimo de todo el grupo está completamente intacto. Por delante se presentan unos cincuenta kilómetros de mountain bike en buena compañía.
 
Pasados los primeros metros de asfalto nos adentramos en caminos con dirección a Guadarrama, el agua caída en las últimas semanas todavía no ha sido absorbida por la tierra, los charcos son numerosos y el río que en verano está seco lleva más agua de la habitual pero, con todo lo que queda por delante, la prudencia se impone a la hora de cruzarlo. En dirección a Los Molinos los pequeños repechos se endurecen con el omnipresente barro, el grupo de más de cuarenta bikers se estira en los senderos, unos por el camino, otros por la suave trialera, todos disfrutando del momento.
 

 
Como siempre, el orden y la seguridad se imponen en el obligatorio cruce de la carretera que da paso a una fácil y divertida trialera en la que cada cual lleva su ritmo. La sonrisa sigue siendo la cara más habitual de los participantes... hasta que llega la primera subida dura y con ella los primeros pequeños percances. El repecho pilla desprevenidos a algunos mientras otros se esfuerzan por parecer enteros. El plato pequeño ha pasado a ser el favorito del grupo, los resoplidos del esfuerzo se oyen con cada pedalada. Un pequeño trecho entre pinos en el que habitualmente se recupera el resuello se encuentra repleto de barro y no facilita la bajada de pulsaciones. Cada cual por donde puede y al ritmo que puede se acerca a la subida final que da paso al inicio del Camino del Arcipreste. La dureza del terreno hace que ya algunos echen pie a tierra para ascender hasta el punto alto en el que se encuentran los más tempraneros del grupo.
 
Juntos de nuevo retomamos la marcha por senderos rápidos con piedras, barro y agua, mucha agua. Un descenso fácil para los conocedores que sin embargo se complica para alguno que terminan con sus huesos en el suelo. Más herido en el orgullo que en lo físico, se recompone como puede y retoma el camino junto con el resto del grupo. Termina la trialera para continuar por las calles de Cercedilla para llegar por camino hacia la Fuenfría. El paraje se llena de árboles pero antes de iniciar el ascenso hemos de esperar a Ángel (el garra), cuya tija telescópica ha decidido decir basta y ha de ser auxiliado por las siempre hábiles mañas del jefe y de Maiza. Su flamante tija telescópica es sustituida por un palo que sujeta con bridas al sillín en su posición, y así seguirá hasta Segovia sin mayores problemas. A estas alturas a David (el puertas), le ha dado tiempo de alcanzarnos después de esperar a unos amigos que habían errado el lugar de la cita.
 
Recuperada la marcha la antigua calzada romana nos guía a través de los árboles hasta alcanzar la carretera que inicia el ascenso a la Fuenfría. Naturaleza, esfuerzo, compañerismo... la ruta está repleta de esas características que hacen del ciclismo de montaña una actividad única en la que evadirse de todo al tiempo que uno se encuentra consigo mismo. El inicio del ascenso implica también la imposición de un ritmo propio, cada cual el suyo, buscando esa cadencia de pedaladas en las que los latidos del corazón se encuentren a gusto. Así, cada uno conquista las cuestas de la Fuenfría según sus propias posibilidades, nadie está solo, todos cuentan con un compañero que les anime, una palabra amiga de ánimo o incluso un pequeño empujón para digerir esos kilómetros que a veces parecen imposibles.
 
Al llegar a las zonas más altas la recompensa se hace presente en forma de un paraje invernal que nos regala la vista con curiosas formaciones de hielo. Según ganamos altura las formaciones de hielo y nieve se hacen más numerosas. El mirador de los poetas sirve para hacer una breve pausa en el camino y como punto de reunión del grupo, en cuanto ha llegado el último volvemos a montar para buscar las zonas más bonitas del ascenso, grandes formaciones de hielo en los laterales reavivan los ánimos de todos aun cuando hayan sufrido en sus piernas para llegar hasta aquí.
 
Pasado el momento del disfrute toca sufrir una zona en la que el resbaladizo hielo es uno con el suelo, la trazada de las bicicletas ha de buscar el agua para evitar resbalones, el esfuerzo se complica al unirse con el equilibrio, buscar el lugar adecuado de paso se hace tan importante o más que tener fuerzas para dar la siguiente pedalada. El hielo da paso a la nieve, la altura impone su criterio y el frío comienza a ser un compañero a pesar del esfuerzo realizado, el blanco elemento inunda por completo el camino arropado por los árboles. En zona abierta el mirador nos permite disfrutar de unas vistas navideñas aunque estemos a finales de marzo. El último repecho añade al esfuerzo una buena capa de nieve sobre la que dar las últimas pedaladas para llegar a lo alto de la Fuenfría, el ascenso ha terminado, ahora toca abrigarse para cubrir un descenso que promete aportar al menos tantas sorpresas como el camino que nos ha traído hasta aquí.
 

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