Domingo - 19.Noviembre.2017

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III Jornada Ciclista Ford RFEC

Este octubre de 2012 pude participar en la tercera edición de una jornada ciclista con Ford en la que se celebra la colaboración de la marca automovilística con la Federación Española de Ciclismo.

 

Conocedor de estas jornadas debido a mi participación el pasado año (ver el post periodistamotor… bici), estaba deseando llegar al evento para intentar, en la medida de mis posibilidades, quitarme la espina de la anterior edición, en la que José Luis De Santos me privó de finalizar primero en un sprint que resultó apasionante para mí y seguramente aburrido para él. En esta ocasión los casi 40 kilómetros de recorrido tuvieron lugar en las cercanías de La Granja, Segovia, contando como invitado "non grato" a esa fina lluvia que parece que no existe pero que te cala hasta los huesos a los pocos minutos de estar expuesto a ella. Con el ánimo de realizar una bonita grabación del evento me llevé para la ocasión una cámara de mano y otra para acoplar en la bicicleta, y como Murphy es el tipo que mejor trabaja del mundo la cámara de mano acabó su trabajo antes de la primera toma, justo en el momento en el que, al recoger nuestras flamantes bicicletas de carretera, decidí que podía grabar con los guantes puestos. El resultado fue que la cámara se escurrió de mis dedos, dejando en evidencia que el título de "antichoque" que lucía en su carcasa no cubría caídas a plomo contra el duro hormigón (cámara de mano, RIP).

Dispuesto a sobreponerme ante las adversidades, ajusté la cámara de la bicicleta e hice todo lo posible por realizar cuantas tomas estuvieran a mi alcance, ya fuera de la cola del pelotón o de los escapados. Aprovechando que la inmensa mayoría de periodistas decidían disfrutar la jornada con un pedaleo poco agresivo, me pasé las tres cuartas partes del recorrido grabando en las diferentes zonas del grupo. Pipo López fue el que más trabajo me dio, pues no puede evitar pedalear a un ritmo superior a la media y siempre se escapaba hacia delante dejando un amplio hueco respecto al pelotón. El otro foco de atención era la lluvia y mi absoluto desconocimiento de lo que es montar en bicicleta de carretera. Esto último lo comprobé sobre todo en dos ocasiones: cuando quise dar paso a un coche que nos seguía y en el momento de bajar unas curvas cerradas… 


Pedaleando tras un compañero en una zona despejada, un vehículo se situó detrás nuestro esperando superarnos en algún momento. Esta actitud, basada en el respeto, suele ser sin embargo bastante peligrosa por parte de muchos conductores, pues si bien tienen posibilidad de pasar sin problemas a los ciclistas se quedan detrás de éstos por un exceso de prudencia, lo que suele hacer que quienes pedalean se sientan más inseguros y puedan producirse situaciones de mayor peligro, sobre todo si, como era mi caso, los ciclistas son novatos en carretera. Amedrentado por la presencia del vehículo en cuestión y comprobando que había una larga recta con visibilidad ante nosotros, decidí hacer el sencillo gesto de dar paso al vehículo con mi mano izquierda. Sencillo para cualquier ciclista de carretera pero no para mí, acostumbrado a mi amplio manillar de bici de montaña. Al soltar la mano izquierda y hacer amago de dar paso al coche el cambio de peso sobre el manillar hizo que la rueda delantera comenzara a girar más allá de lo deseado, el peso de mi cuerpo (94 kilos, ni más ni menos) parecía desequilibrarse sin remedio sobre unas ruedas de diminuta anchura que circulaban en una deslizante película de agua. Un pequeño giro brusco, la mano izquierda que volvía al manillar, el corazón saltando del pecho, las pupilas dilatadas al máximo, y la recuperación de un limitado control sobre la bicicleta sin apenas recuperarme del susto; "nunca mais" me dije a mi mismo, y no volví a soltar las manos del maníllar por muchos vehículos que pasaran, o no, a nuestro lado.

Con apenas quince kilómetros por delante realizamos una parada para reagruparnos y para que José Luis De Santos nos diera unos consejos sobre lo que restaba de camino. Por delante nos esperaban una bajada con curvas cerradas que, según parece, propició en la Vuelta a España de hace un año un corte en el pelotón y que debíamos realizar con sumo cuidado debido a la limitada adherencia del asfalto mojado. Después, una larga subida, un cruce y directos hasta el final. Así que este era mi punto de decisión, aquí era donde yo me disponía a saltar del pelotón para llegar el primero al hotel porque, sí, lo importante es participar pero ¿No me digáis que no os gusta llegar los primeros? Esperando que la competencia no sea demasiado dura me dispongo a salir en la mitad del pelotón cuando, al dar las primeras pedaladas, compruebo que, o bien llevo poca presión en la rueda posterior, o he pinchado. Me dirijo al Ford Mondeo de la selección en el que viajan los mecánicos y les hago ver mi situación con la sensación de que para mi se ha acabado la diversión. Casi en cámara lenta y sin embargo con total rapidez y sin aspavientos, el mecánico toma mi bicicleta, afloja el buje trasero y monta otra rueda. 

 

 

Preparado de nuevo para dar guerra compruebo que el minuto que, como mucho, ha llevado la reparación de mi bicicleta, ha sido tiempo más que suficiente para que todos y cada uno de mis acompañantes hayan tomado una ventaja considerable. No me importa, me digo, en la bajada les cojo sin problemas… hasta que comienzo a bajar. La escuálida silueta de las bicicletas de carretera, llamadas "flacas" por muchos aficionados por comparación con las "gordas" bicicletas de montaña, parecen incluso más frágiles cuando se trata de descender por curvas tipo horquilla con liso asfalto empapado en fina lluvia. Los escasos cien metros que me separan de mi predecesor parecen alargarse en vez de acortarse, cada curva supone una clara elevación de las pulsaciones, frenar mucho antes de la curva, soltar los frenos para realizar la trazada y tener la esperanza de que las ruedas llevarán la bicicleta por la zona deseada. Llegamos al final de la bajada y sólo he superado a un par de compañeros, ahora toca pedalear con fuerza en la subida para recuperar el terreno perdido. Llego al grueso del grupo, lo supero, sigo hacia delante y me encuentro con Pipo López y con Matías Prats (periodista de Antena 3 que, lo creáis o no, no es el famoso, pero se llama igual). Este último fue quien me acompañó el pasado año hasta el final de la etapa hasta que nos cogieron los profesionales. 

En un repecho mantenido aprieto los dientes y pedaleo con fuerza para iniciar una escapada que espero me lleve en solitario hasta el final. La subida continúa más allá de lo esperado, la carretera se muestra vacía ante mis ojos, no hay nadie por delante, todo el pelotón por detrás, y mi mente luchando contra mis piernas intentando convencerlas de que sólo unos kilómetros me separan de la deseada meta. El silencio es mi compañero durante un tiempo que se me hace eterno… hasta que el inconfundible sonido de rodadas en mojado golpea mis oídos. No tengo que mirar para atrás, sé que son los profesionales que me han alcanzado sin apenas esfuerzo aunque yo estoy casi agotado del esfuerzo de alejarme del resto del grupo. Matías Prats aprovechó que pasaban estos profesionales para coger su rueda y llegar hasta mí, y en cuanto llegaron a mi altura tomó la delantera para intentar acabar con mi escapada. Me lo pienso apenas un segundo, el tiempo suficiente para que se aleje más de lo que yo deseo, pedaleo con fuerza, y los profesionales simplemente se divierten contemplando la batallita de dos amateur a los que podrían pasar en cuanto quisieran. Llegamos al cruce con el carril bici, último tramo de nuestro recorrido, y Matías opta por ir por la carretera mientras que el resto tomamos el carril bici. Me adelanto, fuerzo el ritmo, pedaleo con fuerza, Matías está un poco por detrás en la carretera y voy perdiéndole poco a poco de vista, llego a la rotonda previa antes del hotel, fuerzo más, voy a llegar el primero y… sí, esta vez me he adelantado de verdad (bueno, los profesionales no cuentan, ésos me dejaron ir sin más). Después, en la comida, me enteré que Matías se había equivocado en la última rotonda y había ido por otra zona totalmente distinta, pero ése era ya su problema jejejeje, yo ya podía decir que había llegado el primero.

Lo sé, es una victoria sin valor, pero fue una jornada memorable. Calado hasta los huesos, con una sonrisa de oreja a oreja, pienso mientras me desprendo de la ropa que eso de las flacas tiene su aquél. Estoy enamorado de la bici de montaña, pero estoy seguro que podría tener otro amor similar por el ciclismo en carretera. Lástima que de un tiempo a esta parte los profesionales de este deporte estén siempre en entredicho por una entidad, la UCI (Unión Ciclista Internacional), que tiene poco de Ciclista y mucho de intereses, pero esa es otra historia que os contaré más adelante.

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